Qatar: Protocolo, educación y convivencia deportiva

Por: Wilfredo Pérez Ruiz

En esta ocasión me referiré a ciertos episodios y desencuentros en la Copa Mundial de Fútbol de 2022, celebrada en Qatar. Sin duda, se trató de un encuentro caracterizado por estar rodeado de controversias ajenas al deporte que, además, motivaron insistentes críticas de espectadores y de la prensa internacional.

Su imponente clausura se realizó en el Estadio Lusail -ubicado a unos 15 kilómetros al norte de Doha (capital de Qatar)- el de mayor tamaño de todo el Mundial. En este acto se exhibieron con realce las majestuosas manifestaciones inherentes a la multiculturalidad del país anfitrión. Todo ello, ofreció esplendor y simbolismos.

Uno de los gestos más visible se produjo al colocar al capitán de la Selección Argentina Lionel Andrés Messi Cuccittini, conocido como Leo Messi, la capa negra denominada ‘Bisht’ -emblema de prestigio en la nación árabe- que representa la realeza, el estilo y elegancia. Es utilizada en circunstancias especiales y está elaborada con lana de cabra y pelo de camello; los bordes llevan hilo de oro y es bordada por artesanos.

“Es una ropa oficial nuestra. Siempre ponemos eso para compromisos importantes y celebrar los momentos importantes en nuestra vida”, dijo Hassan Al Thawadi, secretario general del Comité Supremo para la Organización y el Legado de Qatar 2022.  Este suceso coincidió con el Día Nacional de Qatar (18 de diciembre), en el que se conmemora la unificación del país (1878) y marca la fecha en que el jeque Jassim Bin Mohammad Bin Thani sucedió a su padre como líder de sus tribus.

Sin embargo, existieron situaciones incómodas, inelegantes e incluso comportamientos agraviantes, discriminatorios y ausentes de respeto, advertidos por millones de personas. El desaire de un jeque a una árbitra al rechazar dar la mano cuando Gianni Infantino, presidente de la FIFA, le entregó la medalla. Los dos lo mantuvieron un embarazoso y simple movimiento de cabeza. La brasileña Neuza Back era una de las seis colegiadas de este Mundial.

Lo acontecido con Damián Emiliano ‘Dibu’ Martínez, el afamado portero argentino autor de otros desatinos. Al recibir el “Guante de Oro” -como el mejor arquero de este certamen- su respuesta ofensiva e inapropiada de llevarse el trofeo a los genitales empañó una impecable victoria. En momentos de triunfo corresponde acreditar humildad, sobriedad y respeto. Deplorable la actuación de un personaje visto por muchos con admiración. Un ser humano al constituirse en inspiración profesional debe serlo en todo ámbito, tiempo y lugar. Más aún cuando es un referente -por su constancia, esfuerzo y entrega- para las nuevas generaciones.

Por su parte, la Federación Francesa de Fútbol (FFF) anunció que denunciará los insultos racistas proferidos en las redes sociales contra sus integrantes tras la derrota en el último partido del Mundial. Coman, Tchouamení y Kolo Muani han sido los principales afectados. Los innumerables comentarios indujeron a determinados futbolistas a bloquear lo escrito en sus publicaciones.

Es sabido que la inmensa mayoría de quienes se dedican a este deporte carecen de formación académica u óptima educación y provienen de sectores socioeconómicos colmados de privaciones. De modo que, la súbita llegada de la fama y de un elevado estatus económico produce un vértigo de frivolidades y patéticas revelaciones de supremacía. Es pertinente considerar que, más allá de esas visibles insuficiencias, son percibidos como prototipos por vastas esferas de la sociedad.

Han sido cuantiosos las usanzas violentas y la exigua tolerancia, vividas en la Copa Mundial de Fútbol de 2022, protagonizados por disímiles hinchas y jugadores. La precaria inteligencia emocional y los afiebrados procederes estuvieron en sus más altos “decibeles”. Lo acontecido me trae a la memoria una frase del insigne escritor argentino Jorge Luis Borges: “El fútbol despierta las peores pasiones”. Acertó este prodigioso y fascinante exponente de la literatura universal.

Se han evidenciado sentimientos de fanatismo, antagonismos nada racionales y expresiones reveladoras de la incapacidad para convivir con el eventual adversario. Deploro que el balompié sea en reiteradas coyunturas un medio para canalizar conductas erradas, hostiles y poner al descubierto lacerantes penurias humanas. Asimismo, lamento que cualquier reproche a los miembros del equipo preferido sean dilucidadas como sinónimo de enemistad: una inadmisible y limitada forma de interpretar legítimas convicciones nacionalistas. Al parecer, para infinitos exaltados estas figuras son una congregación de “apóstoles”, cuyos usos y costumbres son inadmisibles de discutir.

Reflexión final: los líderes deportivos albergan genuinos seguidores. De allí la ineludible necesidad de ser conscientes que sus acciones están expuestas a la observación pública. Ello no implica estudiar un curso de etiqueta social y protocolo; únicamente es imperativo mostrar mínima prudencia, elemental madurez, sensatez y corrección. Les concierne poseer habilidades blandas e inteligencia corporal.

Rindo mi legítimo homenaje al prístino testimonio de vida del auténtico, deslumbrante e impecable ídolo futbolístico brasileño Edson Arantes do Nascimento (Pelé) -jamás involucrado en altercados, modales soberbios o prácticas altisonantes y, especialmente, depositario de una biografía propia de un hombre de bien, digno y coherente- y comparto dos de sus lúcidas aseveraciones: “Si marqué la diferencia fue gracias a mi educación y mi base familiar, por eso nunca estuve envuelto en escándalos” y “Las reglas del fútbol son una educación: iguales y justas para todos”.

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