No te creo, Daniela

Por: Luis Alberto Gutiérrez

No te creo, Daniela. No te creo porque en el Perú se mezcla el machismo con el feminismo y ambos son parte de la misma mierda. No te creo, Daniela. No te creo porque la palabra de una mujer -sin pruebas -no puede valer más que la palabra de un hombre porque se me da la gana y viceversa. No te creo porque mientras la caperucita cuente el cuento, el lobo feroz siempre, siempre será el malo de la película. No te creo, Daniela. No te creo porque tú misma me dices que no te crea y porque yo, un simple humano de carne y hueso, quiero hacerte caso.

No te creo porque nadie dice la verdad, no te creo porque nadie dice una mentira. No te creo porque ya no puedo creer en nadie. Porque es el peso de ambas partes, de ambas pruebas, de ambas razones, de ambos testimonios. No te creo porque hay algo en tu mirada que me dice que no te crea, no te creo porque tus gestos me dicen que hay algo que no cuadra. Que no debo ceder, que debo continuar.

No te creo porque tu única prueba física televisiva fue una fotografía comparando el peso de tu cuerpo de hace seis años con el de ahora. No te creo porque te enredas en tus propias palabras; no te creo porque tu abogada usa diminutivos para congraciarnos con una pena que no deberíamos hacia ti, no te creo porque nunca afirmas con contundencia que hubo una violación sexual.

No te creo porque eres la típica niña coqueta que escribe en redes haciéndose de un papel de mentira. Inexistente. No te creo porque para una mujer es fácil escudarse en su papel de mujer. No te creo porque estamos en una sociedad donde la degeneración ha llegado a tal puerto que la palabra del hombre no vale ni un peso, y lastimosamente tengo que detenerme acá y escribir claramente que el hombre -en general -ha buscado eso, que no le crean, que nadie le crea, por sus malditos maltratos hacia la mujer y por su sinfín de mentiras. Punto aclarado, podemos seguir con la plática.

No sé si Guillermo Castañeda tenga o no tenga la razón, tampoco se la doy. No se la doy a nadie. Lo único que entiendo es que ella, una chica linda, y él, un pata no tan agraciado con novia encima que no iba -jamás, no way -a desaprovechar la oportunidad de llevársela a la cama, entraron a tallar al arduo, seductor, excitante, fascinante, fácil y difícil juego del sexo sin compromiso, plan “c”, freelance, choque y fuga, tira y suelta, calentao o dígase como mejor se quiera hacer mención; donde lo primero que se promete es jamás enamorarse y que, contradiciendo el juramento inicial, la que salió perdiendo y vengándose a tal punto de hacer lo que sea con tal de saldar su rabia, ira e impotencia, fue ella. Que hizo lo que mejor podría hacer una mujer -una hembra dolida y despechada por el abandono en su papel de hembra -en casos como este al verse sin salida: el papel de víctima. Y digamos, que la cara le ayuda un montón. Y digamos, que le salió muy bien. Y digamos, que uno por decir lo que piensa se gana el odio y el repudio de todos -todas -, y digamos, que ese siempre fue el fin. Y digamos que caí de lleno a una trampa perfecta. Y digamos que todos me odian ahora. Y digamos que nadie me va a leer.

Puede que el tiempo me dé la razón o puede que me escupa vilmente en la cara. Puede que este evento desafortunado se solucione y la justicia cumpla su prometido y vea a quién coño va a crecerle la nariz como a Pinocho. Lo única que me importa y que realmente espero es que luego de todo esto, la sociedad vea, sienta y piense que la cara no es relevante, que las palabras valen lo mismo, y por el amor de dios, que no por llevar falda eres la persona más buena del país, ni por llevar calzoncillos, el peor desgraciado de todo el planeta. He dicho, caso cerrado.

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