La novela que no puedo escribir

Por: Luis Alberto Gutiérrez

Ya es domingo dieciséis de agosto de este año de mierda y me he quedado solo; mi mamá está en su cuarto y yo quiero fumar un cigarro pero las tiendas están cerradas; aunque aun así si es que estuvieran abiertas y me metiera un pucho barato lo más seguro es que me ahogue o me sienta asfixiado, así que en cierta parte creo que ser un fumador empedernido es un sueño que tengo pero que cumplo acaso no muchas veces. Fuera de mis sueños que a nadie interesa no sé qué diablos hago escribiendo esta columna si tengo una novela a la mitad: Las mujeres de mi vida – vaya título -, uno tan cojudo como el escritor indisciplinado que la escribe y que aún así sigue redactando esta columna sin terminar la trama de su novelita barata.

Trabajo en televisión y soy un coordinador periodístico con complejo de Beto Ortiz, con la altanería de Jaime Bayly y con aires de Vargas Llosa. Tengo un carácter difícil pero eso no me impide escuchar una canción triste a la madrugada. Veo Misterio en el canal dos y me recuerda a mis años en el colegio, a las broncas de las esquinas, a esa pendejada en el salón. El recuerdo trae a mis amigos, los mismos con los que comparto un frío grupo de WhatsApp y donde hablamos mucho menos que lo que hablábamos detrás de las carpetas; recordar eso es escuchar la campana de recreo, oler los pupitres y volver a pintar las mesas de blanco con una nostalgia de puta madre.

Extraño mucho a mi papá. “Luis Alberto, es mejor que nos demos un tiempo de visitas hasta que pase un poco todo este tema del virus” me habló el segundo de mis hermanos diez años exactamente mayor hace un par de semanas; entre líneas entendí que era peligroso para mi papá verme por ser yo en el papel el que más se expone al salir a la calle y es lo que me hace entender a carta cabal la preocupación de mi hermano pero me duele no ver a mi viejo, me duele no abrazarlo y no decirle que lo quiero -al menos, claro – en persona y frente a frente.

Extraño a Martita, también; tanto que casi todas las noches la lloro un poco; la lloro porque la extraño y porque es muy difícil seguir sin ella. Extraño su mirada, y la lloro así como ahora escribiendo esta columna que no sé por qué la escribo si tengo una novela a la mitad, pero la extraño y me duele extrañarla. ¿La muerte es un ciclo de la vida?, todavía no lo concibo, y creo que así como van las cosas, nunca lo voy a hacer.

Lo que sí llegué a entender y muy bien en mi inmadurez de casi treintón es que la muerte marca a una familia -al menos con la mía fue así -y que después de la muerte nada vuelve a ser lo mismo. ¿Que qué es la familia?, ¿una costumbre o las personas que ve uno desde pequeño?, preguntas que me rondan y me joden la cabeza, ¿habrá alguien que me las responda, por favor?

Son casi las dos de la mañana y pienso en retroceder el tiempo: salgo temprano de la universidad, ocho, ocho y media de la noche y llego a la que fue alguna vez mi casa, llego  para ver con mi papá un ‘U’ – Boys, quizá, o un Alianza – San Martín, tal vez, pero el sueño se desvanece y no, el tiempo me devuelve la mirada de estas teclas frías y el suspiro de este clima frío y húmedo que tiene el mar a una cuadra de distancia de mi casa y conmigo de intermediario de yapa.

No sé qué hago escribiendo esta columna en lugar de escribir la novela que tengo a la mitad. Creo que ya que es tiempo de empezar.

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