Fomentando la cultura del agua

Por: Amelia Quesquén

Quiero que se imaginen viviendo en algún lugar alejado del Perú, como por ejemplo en la parte más remota de la sierra, donde la geografía no fue generosa y tienen que caminar un par de horas para ir al colegio, así como a la posta médica más cercana; soportar las bajas temperaturas y el sol extremo, puesto que por las condiciones no pudieron construir un lugar más elaborado y confortable para vivir; tienen acceso solo a una cocina rústica y luz por horas, las cuales hacen de sus condiciones de vida, un poco más favorables; para alimentarse, tendrán que distribuir las labores, el varón o jefe de hogar, dentro de sus múltiples tareas, será también el encargado de ir a buscar comida o animales para cocinarlos; y las mujeres, aparte de cuidar a los niños y encargarse de las labores de la casa, se encargarán de ir todos los días a la quebrada del río más cercano, el cual se encuentra a unos 5 o 7 kilómetros, en el mejor de los casos, y llenar sus baldes o tinajones de agua; actividad, por cierto, que demanda un gran esfuerzo físico y emocional, puesto que tienen que pasar largas horas en el sol, cargar ese enorme peso, dejar de atender a sus hijos y no poder trabajar o estudiar, y dedicarse únicamente a la sobrevivencia de su familia.

Esto les puede parecer un relato típico de historia del Perú, esos que nos contaban en el colegio para describir un escenario, pero créanme que aún en estos tiempos, ese escenario es más real de lo que se pueden imaginar. Pero ¡Tranquilos! que mientras a ustedes no les haga falta agua, que es el elemento esencial para vivir; no se van a poner en el lugar de aquellos, a los que con tanto esfuerzo con y tan poca cantidad, sobreviven.

El agua es el recurso más escaso del mundo y es considerada por el Banco Mundial como una prioridad para lograr acabar con la pobreza para el 2030. A pesar de la riqueza hídrica peruana, ésta cada vez se está convirtiendo en un recurso escaso, debido a diferentes factores como la deforestación, el mal uso del agua y el calentamiento global, lo que trae como consecuencia que más de 10 millones 360 mil personas aún no tengan acceso a agua potable; una de las razones es por acción de la naturaleza, pues la distribución de los recursos hídricos es muy desigual.

Los que viven en la parte de la costa, son los más beneficiados con éste recurso, para fines domésticos, agrícolas, entre otros; puesto que el crecimiento demográfico, los cambios de uso territorial que priorizan el uso urbano, la desigual en la distribución espacial del agua y su variabilidad estacional determinan diferencias significativas en la disponibilidad de éste recurso hídrico, en las diferentes zonas del país, en especial en zonas con geografía accidentada.

Pero, ¿Cómo puede actuar gobierno para mejorar las políticas de distribución del recurso?

Se sabe que, la elección de prioridades para la distribución del presupuesto en ésta materia, no ha seguido un proceso riguroso de planificación, y la toma de decisiones en selección y secuencia de nuevos proyectos ha sido arbitraria en diversas ocasiones. En muchos casos, por ejemplo, no se ha coordinado la planificación del desarrollo de la hidroelectricidad y los proyectos de irrigación a gran escala.

En ese sentido, se debería de evaluar los factores que beneficiarían estas inversiones de acuerdo a la necesidad de cada lugar, puesto evitaría la migración, se tendrías nuevas zonas de cultivo, fomentaría el turismo e impulsarían el crecimiento económico de las regiones.

¿Y cómo logramos que se tome conciencia?

La Autoridad Nacional del Agua – ANA, en coordinación con el Ministerio de Educación, vienen, desde el 2013, trabajando un proyecto interesante y concientizador, denominado “Cultura del agua”, el cual tiene como propósito que a través de un aprendizaje vivencial los estudiantes de nivel primario y secundario, desarrollen, de manera participativa, conocimientos significativos sobre la cultura del agua, mediante actividades en aulas y laboratorios; su esencia se encuentra en el desarrollo de experiencias y actividades en contacto directo con el medio ambiente.

El proyecto es una propuesta participativa y vivencial que fomenta el desarrollo del pensamiento científico, donde se combina tres dimensiones: la motivación, la geografía y el conocimiento. (Fuente: Revista ANA y más).

Entonces, podemos concluir que convenios interinstitucionales como éstos deberían consolidarse y tornarse sostenible para contribuir en la formación de futuros ciudadanos, desde la temprana edad escolar, los mismos que en un futuro serán los que elaboren los proyectos que tanta falta nos hacen a fin impulsar en diferentes regiones la distribución del recurso; asimismo, fortalecer en conocimiento y conciencia ambiental, comprometer a los estudiantes en la preservación, valoración y buenas prácticas del uso de estos recursos redundará en el beneficio de las actuales y futuras generaciones en cantidad, calidad y oportunidad

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